La lectura tiene aspectos que se nos escapan. No sabemos qué fuerzas actúan para que
unas personas lean compulsivamente y otras aborrezcan dicha práctica. Desconocemos
las razones por las que leemos en unos lugares y no en otros, incluso sabemos poco
de cómo nos convertimos en lectores. Unas veces fueron nuestros padres los transmisores
de la magia de la literatura oral y otras un profesor que, mientras hablaba de
la lectura, leía y nos cautivaba. Quizás una leve enfermedad que nos mantuvo “cosidos”
a la cama una buena temporada nos permitió horas de fascinante lectura. Tal vez nuestra
afición se deba al préstamo de un libro que nos hizo un amigo o incluso a una prohibición.
Probablemente la carencia de libros en la infancia estimuló nuestra curiosidad y
selló una amistad definitiva con ellos. Cada lector, cada lectora ha recorrido un camino,
pero resulta difícil definir el momento, señalar la chispa que encendió una pasión
que no hemos abandonado. El hábito lector obedece pues a causas ocultas, por lo que
resulta difícil generarlo y alimentarlo con fórmulas concretas.
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